El racismo en el fútbol no es folclore – 27 de julio de 2026 – La Política on line
Asistimos al cierre de una nueva edición de la Copa Mundial de la FIFA y, con profunda indignación, confirmamos que el racismo estructural sigue ganando terreno en los estadios y las plataformas digitales. Como activista por los derechos humanos y defensora histórica de la igualdad, sostengo que la discriminación no es «folclore» ni parte de la pasión futbolística; es un delito que vulnera la dignidad humana y socava la democracia. Este torneo ha demostrado de forma contundente que los discursos de odio no se combaten con campañas de marketing, sino con sanciones efectivas y un compromiso ético intransigente.
La magnitud de la violencia racista durante este Mundial ha desbordado cualquier justificación complaciente, manifestándose en múltiples dimensiones. El propio Servicio de Protección de Redes Sociales de la FIFA (SMPS) detectó e investigó una alarmante cantidad de abusos en línea. Solo durante la fase de grupos, de entre millones de publicaciones analizadas, se identificaron 89.000 comentarios explícitamente abusivos, de los cuales más del 10% tuvieron una clara motivación racista y xenófoba.
La impunidad en las tribunas se materializó de forma brutal el 3 de julio en el Hard Rock Stadium de Miami. Durante el partido entre Argentina y Cabo Verde, una espectadora acosó en vivo al creador de contenido afroamericano IShowSpeed, instándolo con insultos deshumanizantes a «ir a llorar al zoológico». El hecho forzó una investigación tardía de la FIFA. El 7 de julio en el partido Egipto- Argentina y el 15 de julio en el partido Inglaterra- Argentina se reiteró la situación.
Estrellas globales como Kylian Mbappé han vuelto a ser el blanco de campañas coordinadas de hostigamiento étnico y comentarios discriminatorios tras partidos de alta tensión, demostrando la desprotección persistente que sufren los futbolistas afrodescendientes. Un ejemplo fueron los insultos racistas de la senadora paraguaya Celeste Amarilla o los de los trolls mileistas con Santiago Caputo y el «Gordo Dan» a la cabeza.
La periferia de los estadios y los entornos de las sedes también reflejaron esta alarmante tendencia, registrándose repudiables agresiones y gestos racistas explícitos dirigidos a hinchas surcoreanos y comunidades indoamericanas.
Después de años de bregar por ello – recuerdo cuando un asombrado Grondona me escuchó hablar de esto por primera vez en la AFA en 2006 – existen mecanismos legales internacionales diseñados para blindar los derechos humanos en el deporte, pero su aplicación en las canchas sigue siendo defectuosa.
El nuevo Código Disciplinario de la FIFA fue modificado rigurosamente y eleva el techo de las multas hasta los 5 millones de francos suizos (o dólares) para incidentes graves de racismo y exige que las 211 federaciones miembro homologuen de forma obligatoria estas sanciones en sus ligas locales.
La normativa faculta a los árbitros a actuar de forma escalonada: detener el partido ante insultos discriminatorios, suspenderlo temporalmente enviando a los equipos a los vestuarios por 15 minutos y, finalmente, declarar el abandono definitivo del juego con la pérdida de puntos para el equipo infractor.
La señal universal estrenada formalmente para este torneo, permite a cualquier jugador o cuerpo técnico cruzar las muñecas en forma de «X» para exigir de forma inmediata al árbitro la activación del protocolo antirracismo.
Asimismo, los países anfitriones están atados por la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial de la ONU (en esta ocasión tanto México, Canadá como Estados Unidos son partes de ese tratado). Esto significa que los actos de odio dentro de un estadio no gozan de extraterritorialidad deportiva; son delitos penales comunes y deben ser juzgados por los tribunales ordinarios de cada Estado.
Además, hubo situaciones de racismo o xenofobia inadmisibles para el torneo silenciadas y consentidas por la FIFA. Haberle negado la entrada a Estados Unidos al árbitro Somalí Omar Artan -considerado uno de los mejores de África-, o la retención por siete horas de Aymen Hussein – figura del equipo de Irak- o que el equipo de Irán debiera entrar y salir de Estados Unidos el mismo día que jugaba en el territorio yanqui.
El Consejo Nacional de Derechos Humanos de Brasil denunció formalmente ante la ONU la existencia de un patrón transnacional de racismo estructural a lo largo de este Mundial. El organismo exigió a los países anfitriones investigaciones inmediatas y reparación a las víctimas por aplicación de los tratados vigentes y se solicitó a la FIFA evaluar los incidentes a partir de los Principios Rectores de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos.
Las instituciones del fútbol ya no pueden alegar ignorancia. No alcanza con nombrar «responsables de salvaguardia» en los estadios si los partidos se siguen jugando mientras se deshumaniza a un deportista.
Para que el fútbol sea verdaderamente una fiesta universal, la FIFA debe aplicar la pérdida automática de puntos y la expulsión perpetua de los/as agresores de las tribunas y los países anfitriones cumplir con sus compromisos internacionales. Descolonizar el fútbol y limpiarlo de discursos de odio es un imperativo ético impostergable. La pelota no se mancha, pero la inacción institucional tiñe las tribunas de impunidad.
