por Maria José Lubertino*

                La energía nuclear es a estas alturas obsoleta, además muy costosa, con escaso margen de generación de empleo y productividad y, fundamentalmente, insustentable y riesgosa para la salud y la biodiversidad. Por eso está siendo abandonada en muchas partes del mundo. En Argentina debemos avanzar hacia un escenario energético sin nuevas centrales nucleares y trabajar para una transición que implique el paulatino cierre de las restantes.

Cuando nos referimos a la crisis energética en nuestro país debemos dejar en claro que se trata de un problema de transporte y distribución, y no de generación. Si lo que se busca es duplicar la capacidad energética de la Argentina como se anuncia, entre otras mediante la construcción de dos nuevas centrales nucleares financiadas por China, no se está discutiendo un problema de transporte ni pensando en un proyecto industrial donde se genere un valor agregado. Solamente se reproduce un modelo extractivista orientado hacia la exportación de esta materia prima arrasando con el ambiente y con un grave riesgo para la población.

El modelo nuclear es marcadamente inseguro. Basta con hacer un breve ejercicio de memoria para recordar lo ocurrido en Chernobyl y Fukushima, los casos más representativos, pero también los múltiples graves accidentes nucleares en Canadá, Estados Unidos, Gran Bretaña, India, Japón, entre otros. Sin embargo, lo peligroso no está relacionado únicamente con la posibilidad de ocurrencia de accidentes sino con los desechos radioactivos y residuos peligrosos que esta actividad genera. Por los 20 o 25 años de vida útil de una central nuclear vamos a tener que cuidar repositorios que tienen altísimo riesgo durante cientos de años, que es el tiempo de vida útil del combustible quemado. Además, la generación nuclear utiliza uranio y agua dulce, que son recursos escasos que deben ser protegidos. El costo ambiental es altísimo.

Las dos nuevas centrales nucleares que el gobierno de Cambiemos planea construir en Lima, partido de Zárate, y en la provincia de Rio Negro son rechazadas por las poblaciones en estos lugares.  A ello se suma el traslado de Dioxitek (empresa que fabrica combustible para centrales nucleares) a Formosa, luego de una larga historia de contaminación en Córdoba. También la pretendida explotación de uranio en La Rioja, Chubut y Mendoza.

Ante la situación mencionada, lo más importante es la información veraz y la generación de una conciencia ciudadana de que otras energías son posibles, que pueda haber un debate social y que las decisiones de tamaña gravedad, costo y consecuencias se adopten participativamente.

Hoy, una nueva conmemoración del ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki nos obliga a reflexionar sobre los impactos destructivos de la utilización de esta energía sobre el ambiente y las personas, y nos reafirma que nuestra participación comprometida es la única forma de cambiar este estado de situación. Esa será la única manera de evitar que la construcción de esas costosísimas e innecesarias nuevas centrales nucleares desvíe valiosos fondos que pueden ser orientados hacia la inversión en un modelo energético alternativo sustentable, descentralizado regionalmente, eficiente, más barato para los/as usuarios/as, a la escala de nuestro consumo nacional y para ser utilizado como insumo de un proyecto productivo de desarrollo argentino, como lo demuestran diferentes rigurosas investigaciones que dan otras opciones de escenarios energéticos.

* Diputada Nacional 2003, Constituyente de la Ciudad 1996, Legisladora CABA 2010-2014 y Presidenta INADI 2006-2010.
Profesora de DDHH UBA y Presidenta de la Asociación Ciudadana por los Derechos Humanos.